25 de septiembre de 2022
Sevilla ensaya en el recinto de la muestra universal cómo será un barrio con 30.000 personas, autosuficiente en energía, restringido al tráfico y con aire acondicionado para exteriores inspirado en sistemas de hace 2.000 años

La peor parte de una fiesta es el día siguiente. La Expo 92 fue una celebración y qué hacer con el recinto que la acogió, la isla de la Cartuja de Sevilla, ya estaba sobre la mesa en días como hoy hace 30 años, a poco más de un mes de su clausura: crear un parque tecnológico y científico urbano. La recesión obligó a redimensionar el proyecto cada día. “Se generó una cierta imagen de pesimismo, del jaramago creciendo en las parcelas de los pabellones”, admite el ahora director del Parque Científico y Tecnológico (PCT) Cartuja, Luis Pérez. Sin embargo, pese a las dificultades y más lentamente de lo previsto, el plan se fue consolidando y hoy es un complejo prácticamente ocupado en su totalidad que recibe a diario a más de 30.000 personas y genera el 2% del PIB de Andalucía. La tozuda historia se empeña en repetirse y, de nuevo, la crisis se asoma a este espacio —al igual que al resto del mundo— cuando insiste en ser una ventana del porvenir. Tres décadas después de la Expo, la Cartuja es el laboratorio de la ciudad del futuro: autosuficiente en energía, científica, tecnológica, universitaria, sostenible, restringida al tráfico, con sistemas de reparto autónomos y, como colofón, el banco de pruebas del Qanat, un aire acondicionado para exteriores inspirado en los sistemas hidrogeológicos de Oriente Próximo hace 2.000 años y capaz de rebajar en 10 grados la temperatura ambiente. Se estrena el próximo octubre.

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