25 de septiembre de 2022
Como todo debate abierto en los últimos años, se dan dos bandos irreconciliables: los que creen que el Bitcoin es un tongo y quienes consideran a los críticos unos ‘boomers’ con libretilla de ahorros que se resisten al cambio

Tras una semana de idas y venidas entre la organización, la CNMV, partidos políticos pidiendo su suspensión, y tertulias de mañana y tarde llamando a expertos de todo pelaje para opinar al respeto, el pasado fin de semana se celebró en Madrid un evento crypto multitudinario que, a pesar de la polémica, resultó ser uno de tantos encuentros insustanciales que tienen lugar a lo largo del año en la capital. Ni los intentos fallidos de conectar con un metaverso de cartón piedra, ni la mesa de políticos salvadoreños, tan llenos de fervor patrio como vacíos de conocimientos, hicieron de este festival algo inolvidable. Lo que sí nos ha dejado es un ya viejo debate entre una determinada manera de entender el mundo crypto, ese en el que los protagonistas se ven a sí mismos como unos mavericks que luchan contra el sistema —mientras se forran de camino a Andorra— y el resto los percibe como al tonto del timo del tocomocho, en el que funciona en perfecta armonía el efecto Dunning-Kruger junto con la avaricia. En este timo, la víctima sufre, al mismo tiempo, el engaño y la vergüenza en un giro moral que acaba protegiendo al timador. Nadie quiere reconocer que es tan codicioso y tonto al mismo tiempo.

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